martes, 18 de febrero de 2014

No te rindas


No te rindas, aun estas a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
liberar el lastre, retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frio queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños,
porque la vida es tuya y tuyo tambien el deseo,
porque lo has querido y porque te quiero.

Porque existe el vino y el amor, es cierto,
porque no hay heridas que no cure el tiempo,
abrir las puertas quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron.

Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos,

No te rindas por favor no cedas,
aunque el frio queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños,
porque cada dia es un comienzo,
porque esta es la hora y el mejor momento,
porque no estas sola,
porque yo te quiero.



sábado, 18 de enero de 2014

Entonces apareció él.


Ella era una chica corriente, una más del montón vamos. No vestía a la última ni usaba prendas ceñidas como solían hacer las chicas de su edad. No frecuentaba los bares de moda de su ciudad, no tenía el teléfono más moderno del mercado y tampoco se pasaba horas escuchando las canciones del grupo más escuchado en la radio. Carolina era una chica más, de estatura media y cabellos castaños y bastante hermosa, se pasaba las noches leyendo a Hemingway y se quedaba hipnotizada con los versos de Neruda. Ella era feliz con todo lo que tenía, con sus discos de los Beatles, sus viejos libro y sus All Stars. 



Un día, Carolina decidió ir a su bar favorito, en el que podía leer sin que nadie la molestase. Recuerdo vagamente que era un domingo, de esos en lo que no apetece hacer nada, un domingo frío y sombrío, pero ella decidió salir de casa.
Cuando llegó al bar pidió lo de siempre, un café con leche, un poco más oscuro de lo normal y azúcar morena. Y allí estaba ella, con su café y su libro de la semana, tranquila y sin esperar ningún acontecimiento. Hasta que de repente, su pequeño mundo se detuvo.

Apareció él.

Un chico moreno de ojos color negro azabache acababa de entrar, era lo bastante atractivo como para que ella se fijara en el. Vestía una cazadora negra y unos pantalones algo desgastados por su uso.
Hasta aquel momento Carolina era una chica segura de si misma, sabía exactamente que quería, sin embargo ahora se sentía insignificante, como si todo lo que había hecho hasta ese momento hubiera sido en vano.
Sentía que su vida no tenia sentido alguno.

Se percató que aquel chico desconocido se había sentado a pocas mesas delante de ella y la aguardaba con curiosidad. Pero Carolina siguió leyendo como si nada, sin darse cuenta que su vida estaba apunto de cambiar para siempre.



sábado, 11 de enero de 2014

Cartas


Querido T.

Antes que nada perdona por no haberte contestado antes al mail, se que dije que lo haría nada más me llegara, pero es que últimamente mi vida ha dado muchas vueltas y el tiempo ha pasado tan rápido que cuando me vine a dar cuenta ya se habían terminado las navidades y otro año se me iba.

Déjame que te cuente las novedades más recientes. Hace cosa de un mes estaba hablando con G. de las típicas cosas de las que solemos hablar, del tiempo, de los chicos, de cuales serían nuestros planes para el próximo fin de semana, todo era normal hasta que una pequeña e insignificante palabra hizo que algo en mi se estremeciera.  ‘’Cambio’’ dijeron sus diminutos labios.

    -Tengo que reconocer que el cambio de trabajo mereció la pena querida.

En aquel momento mis pensamientos se fueron a kilómetros de distancia de aquel minúsculo bar situado en una callejuela de Madrid. No obstante seguía escuchando hablar a G. de lo entusiasmada que estaba con su nuevo puesto de trabajo de asesora fiscal.

Tengo que decirte querido amigo que en aquel instante me sentí muy diferente, y miles de cuestiones invadieron mi cabeza. ¿Qué estaba haciendo realmente ahí? Y no me malinterpretes, no me refiero ‘’ahí’’ ,  de en aquel bar, con G. tomado un café. Me refiero a algo más profundo, te estoy hablando de una sensación muy extraña que nunca antes había experimentado.
El lugar entero se paralizó y en ese preciso segundo me di cuenta que algo en mi no marchaba bien.

Después de aquella tarde de cotilleos, sensaciones extrañas y uno que otro cigarro, G. y yo nos despedimos como un abrazo, como solíamos hacer y cada una se dirigió hacia su respectiva casa. Por el camino seguía teniendo ese sabor agridulce en mi boca, y pensaba ¿joder, qué pasa contigo?.

Había algo que no funcionaba, y no sabía que era.

Sé que lo que te estoy contando no tiene mucho sentido, pero para mi es importante y es por eso que decidí contártelo a ti uno de los primeros.

Bueno, por donde iba, ah sí… Volvía a casa y todavía no sabía lo que me pasaba. Estuve así varias semanas, sin comer, apenas dormía y una gran impotencia se apoderaba de mí en las noches oscuras. Realmente lo pasé mal, pues no existía ninguna pastilla ni remedio natural que curara una enfermedad así.

Ya no sabía que hacer.

Hasta que un día me desperté y esa condenada palabra cobró sentido. Cambio, aún recuerdo exactamente como las había pronunciado y el olor a café recién hecho que sentí aquel lunes en el bar. De repente, lo entendí. ¿Es que necesitaba algún tipo de cambio en mi vida? Me paré a pensar un minuto, y lo que vino a mi fue una enorme tristeza porque durante la mayor parte de los años de mi vida llevo haciendo los mismo día tras otro:

Levantarse, desayunar, prepararse, ir a trabajar, volver a casa, comer, gimnasio…

Y así día si y día también. Y aunque me costo reconocerlo, créeme, no fue nada fácil, me había dado cuenta que me había atrapado una de las más temibles y voraces bestias: la rutina. Así es, estaba totalmente consumida por un monstruo que se regodeaba de mi desdicha. Me había convertido una de esas personas que se quejan por todo, del buen tiempo, del mal tiempo, de la vecina de arriba que deja todo el patio oliendo a fritanga. Ahora era un zombi más de esta nueva era, hacía las cosas por obligación y no por el placer que llevaba hacerlas, me podía quedar un día entero en casa sin hacer nada y quedarme tan pancha.

Pero ahora querido amigo, he de decir que ya no soy la misma que antes. Y aunque ha sido difícil, lo reconozco, he decidido tomar una decisión y alejarme de aquí. Necesito un tiempo para mí, para encontrarme a mi misma. Conocer nuevos sitios, nuevos olores, nuevas emociones. Quiero volver a vivir esa sensación que aparece cuando visitas por primera vez un lugar, cuando lo ves todo maravilloso y estas atenta a cada calle, a cada persona, a cada tienda que ves por miedo a que se te pueda escapar algún detalle importante y después no recordarlo cuando llegues a casa. Tengo que volver aprender lo que valen los amigos, la familia y sobre todo lo que vale el tiempo.  Tengo que volver a creer en mí misma, en que soy capaz de hacer lo que me proponga. Y aunque me duela y muy a mi pesar, todas estas cosas no las puedo descubrir aquí.

Te escribiré tan pronto como pueda.


viernes, 10 de enero de 2014

Yo y el mundo.


Siempre dicen por ahí que quien hace cosas buenas recibe lo mismo. Que si eres amable con las personas que te rodeaban, el universo misteriosamente te devolverá cantidades de cariño. Te dicen que no debemos ser malos porque ese supuesto ‘’karma’’ actuará contra ti.  Y sobretodo nos dicen que debemos dar sin esperar nada a cambio. Pero, ¿y qué pasa si estoy cansada de esperar?. De ser buena, de ser amable, de pretender que todo sea perfecto, de dar a los demás cuando ni siquiera saben que estás ahí. Y qué pasa si me cansé de esperar que el universo decida prender motores y poner todo en su supuesto lugar.  Y qué si ya no soporto más esos absurdos y monótonos consejos.
Porque ya me casé, si, me cansé de ser dulce, de tener que vestirme de la forma correcta solo porque alguien dijo que tenia que ser así, estoy agotada de aparentar, de mostrar en mi cara una sonrisa cuando en realidad quiero hacer lo contrario. Ya no quiero ser más esa chica que aguarda al cielo inquietante y cree que todo va a salir bien.  ¿Tan perverso suena que quiera tomarme un tiempo para mi misma?.
Y sí, ya sé que las ‘’niñas buenas’’ van al cielo, pero yo mientras prefiero disfrutar de la travesía.