Ella
era una chica corriente, una más del montón vamos. No vestía a la última ni
usaba prendas ceñidas como solían hacer las chicas de su edad. No frecuentaba
los bares de moda de su ciudad, no tenía el teléfono más moderno del mercado y
tampoco se pasaba horas escuchando las canciones del grupo más escuchado en la
radio. Carolina era una chica más, de estatura media y cabellos castaños y
bastante hermosa, se pasaba las noches leyendo a Hemingway y se quedaba
hipnotizada con los versos de Neruda. Ella era feliz con todo lo que tenía, con
sus discos de los Beatles, sus viejos libro y sus All Stars.
Un
día, Carolina decidió ir a su bar favorito, en el que podía leer sin que nadie
la molestase. Recuerdo vagamente que era un domingo, de esos en lo que no
apetece hacer nada, un domingo frío y sombrío, pero ella decidió salir de casa.
Cuando
llegó al bar pidió lo de siempre, un café con leche, un poco más oscuro de lo
normal y azúcar morena. Y allí estaba ella, con su café y su libro de la
semana, tranquila y sin esperar ningún acontecimiento. Hasta que de repente, su
pequeño mundo se detuvo.
Apareció
él.
Un
chico moreno de ojos color negro azabache acababa de entrar, era lo bastante
atractivo como para que ella se fijara en el. Vestía una cazadora negra y unos
pantalones algo desgastados por su uso.
Hasta
aquel momento Carolina era una chica segura de si misma, sabía exactamente que
quería, sin embargo ahora se sentía insignificante, como si todo lo que había
hecho hasta ese momento hubiera sido en vano.
Sentía que su vida no tenia sentido alguno.
Se
percató que aquel chico desconocido se había sentado a pocas mesas delante de
ella y la aguardaba con curiosidad. Pero
Carolina siguió leyendo como si nada, sin darse cuenta que su vida estaba apunto de cambiar para siempre.
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